Recuerdos de la última exposición

Recuerdos de la última exposición

Addo Obed Possú Dinas,en acuarela

Fue la última exhibición de arte en la sede antigua de la Sala Roberto Henao Buriticá. La última, en un espacio que dejó historia en la gobernación del Quindío, porque los eventos culturales que allí se dieron fueron los más recordados, en razón a que existía un sentimiento de pertenencia a la misión del espíritu, por parte de la institucionalidad, y también de los artistas que tuvieron la oportunidad de presentar sus obras en ese sótano hermoso. 

La última exposición, porque fue presentada al público unos días antes del terremoto de 1999. El sismo destruyó parcialmente el edificio más alto de Armenia y enterró las esperanzas de seguir apreciando el ingenio artístico de nuestros cultores quindianos. Porque, a pesar que actualmente existe el espacio mejorado de la Sala Roberto Henao Buriticá —en otro lugar adyacente al palacio departamental— no se ha transmitido el ritmo continuo que poseía ese recinto artístico de entonces. 

La última exposición fue la más bella de esos tiempos. El artista Antonio Patiño Santa nos ofreció su conjunto de acuarelas. Y en la cámara de nuestros recuerdos quedaron para siempre las imágenes nítidas de 2 de sus cuadros. El Valle de Cocora y las palmas de cera. Cuando nos repusimos de la devastadora tragedia y nos dimos cuenta de que la sala había dejado de existir, estos 2 hermosos testimonios de la naturaleza de Salento nos dejaron nítida la remembranza de nuestro Patrimonio Natural. 

Solo que cuando miramos una y otra vez la obra artística del maestro Patiño Santa, nos damos cuenta de que, en la paleta del artista, y en su pintura eterna, el terremoto no dejó su huella. Al contrario, la obra del pintor nos envía un mensaje de perennidad. ¿Seremos retributivos con el cuidado del hermoso Valle de Salento y con el árbol nacional

Solo el tiempo nos lo dirá. Mientras el artista nos regala el esplendor en sus cuadros, nosotros le añadimos el daño ambiental a esa inspiración. Lo grave es que atentamos contra el artista y contra la comunidad. 

En esta sala icónica se exhibieron durante muchos años las obras de los más destacados artistas. Tal vez la más recordada fue ‘Los 30 del Quindío’, en 1996, cuando el departamento cumplía 3 décadas de creación. Lleva el nombre del más famoso escultor de Armenia, Roberto Henao Buriticá, nacido en 1897 y muerto en 1964. Esculpió la estatua del Libertador, que se encuentra desde 1930 en la Plaza Bolívar, frente al Palacio Departamental. Y también La Rebeca, que se instaló en el centro de la capital de la república.

Henao también brilló por algunas obras pictóricas. Una de ellas es ‘La muerte de Atala’, de cuya reseña se puede leer información en la entrada de la sala actual, renovada y reinaugurada años después del terremoto. 

Las acuarelas de Antonio Patiño Santa, que vimos en la Sala antigua desde el 18 de diciembre de 1998 hasta el 7 de enero de 1999, impactaron por su belleza. Eso ha permitido asimilar mejor el proceso de catarsis que vivimos después de la tragedia, porque la destrucción del patrimonio arquitectónico y natural del Quindío ha sido la constante en estos últimos 22 años. Cuando pudimos apreciar sus cuadros, aquellos paisajes y las casas campesinas del Paisaje Cultural Cafetero, que él retrató, se archivaron para siempre en la memoria. Tal cual ha ocurrido con otros 2 artistas que plasmaron varios aspectos patrimoniales, Hernando Jiménez y Fernando Valencia. Ambos calarqueños (el primero ya fallecido), evidencian en el arte el interior bucólico de las habitaciones tradicionales o los detalles arquitectónicos de las casas de bahareque. 

Qué ironía, acudir al arte para valorar el patrimonio ya desaparecido. Jiménez, Valencia y Patiño Santa nos recordarán siempre esas facetas, a través de sus cuadros. 

Antonio nació en Santander de Quilichao en 1963 y es, actualmente, uno de los más afamados pintores del país. Desde sus primeros estudios en el Instituto Departamental de Bellas Artes de Cali, en 1982, ha dejado un cúmulo de obras que retratan las regiones y sus estancias, su belleza paisajística, así como sus personajes. Incursiona en la versificación del arte, imprimiendo en sus acuarelas y óleos la hermosura de Colombia. 

Por eso, pronuncia esta frase con sentimiento: “Trabajo con la poesía de la luz”.  

Ha merecido premios nacionales y participó en el Latin American Art Museum Coral Gables en Miami, en el año 2000. Pero es tal vez su mayor satisfacción el premio que ganó con su acuarela que figura a un músico tensando un tambor katanga, el instrumento musical representativo de la región Pacífico. Representa el retrato de un valor de la construcción de instrumentos musicales tradicionales y del Patrimonio afrodescendiente, llamado Addo Obed Possú Dinas, un personaje recordado que también refleja —como muchos cuadros de Patiño Santa— la representación del trópico y la naturaleza del suroccidente colombiano. 

Otro personaje representado por Patiño Santa es Jovita, ‘la novia de Cali’, como él la titula en el cuadro que se plasmó en la portada de un libro titulado ‘Jovita, biografía de las ilusiones’. 

Una remembranza de la antigua sala Roberto Henao Buriticá, en la época anterior al terremoto de 1999, es la mención de las acuarelas de Antonio, colgadas en sus paredes. Vale la pena transcribir la nota publicada en el plegable de aquella exposición, editado hermosamente por la entonces Gerencia Cultural, nombre que se le había señalado en aquella época a la secretaría departamental de Cultura actual. El escrito es una sentida semblanza de Antonio, autoría de otro valor artístico del departamento, la poeta y cantautora Marta Elena Hoyos:  

“Pararse frente a las acuarelas de Antonio Patiño es sentir el frío del páramo, tocar la humedad del Pacífico, dejarse envolver por la calidez de un camino o la gracia singular de una casita campesina. 

Ahí está toda la magia de la naturaleza, con sus verdes multicolores, sus cielos azules o nublados, el encanto de la luz, las sombras únicas de su diestro pincel. 

En el corazón de Antonio, Colombia entera. En la sabiduría ancestral de sus manos, todo el arte y la paciencia del detalle para regalarnos sus impresiones de un ser romántico. Y es que sus manos se beben los colores del paisaje y se vuelven generosas en el papel, porque sus manos son poesía, nos pintan el idioma de la luz. 

Este pintor es la acuarela de Colombia”. 

.Acuarelas de Antonio Patiño Santa, exhibidas en la antigua sala Roberto Henao Buriticá, entre diciembre de 1998 y enero de 1999.

FUENTE LACRONICADELQUINDIO.COM